domingo, 9 de noviembre de 2014

Hámster de dos patas (AEN)

10 de noviembre de 2016

Ocurrió. 
Me enamoré de un homo sapiens. 
Sí, otra vez, una vez más, la enésima vez...

Detesto el inmaculado instante en que posé mis ojos en ese ingrato respiro del mundo; en ese pobre hipnotista de segunda que me revolvió más que el cerebro, el alma; en ese hijo de su bien amada, inmaculada y santa madre (porque ella es eso y sólo eso para él); en ese hombrecillo que decidió que yo ya no encajaba con sus planes, así no más, porque así se lo dijo su bien amada, inmaculada y santa madre. 

Y digo hombrecillo porque si uso tacones poco o nada me rebasa. Y yo sólo mido 1.52 metros. Figúrense. 

Pues sí, ya soy una experta en esto de ver cómo desgranan cada partícula de mi alma en mi cara. En vivo, como carnicería. 

Lo vi venir, hace meses, pero una se hace la que no ve nada. Dentro de mi perfeccionismo existe esta obsesión por hacer que las cosas "funcionen", aún las imposibles ante los ojos de cualquier persona con un miligramo de sentido común. 

Estar enamorada ha sido hasta ahora la peor condición de discapacidad mental a la que me enfrentado en los últimos 14 o 15 años. Cada vez resulta más severa la recaída, se me mueren más neuronas y glóbulos blancos, rojos y rosados, y pese a que creo una enorme resistencia para no volver a caer en el mismo abismo, eventualmente tropiezo y en un abismo abismalemente peor. Literal.

Me cuesta cada vez más dejar ir a los autores de mis desgracias amorosas. Los años no pasan en vano. Podría llenar algun cuadernillo con sus autográfos, quizás pidiéndoles una dedicatoria en dónde me recuerden de qué manera me dieron en la torre.

Debo decir que gracias a mi basta experiencia me considero ahora una persona más selectiva y complicada. Es claro que uno va agregando detalles a su pequeña o gran lista de “lo que debe tener el hombre ideal-si eso existe-no, no existe. No obstante, debo decir también que cada vez me es aún más complicado salirme del respectivo selectivo hoyo negro del amor en el que me narcotizo más fatalmente cuando vuelvo a caer. Y caer se ha vuelto mi especialidad. Debería tener un doctorado. 

Así que, como siempre, intenté hasta el final salvar lo poco que quedaba, no de mi alma pero de "lo nuestro". 

Nuestro "amor verdadero". 

Intenté todo: mensajes, regalos, cartas, correos, poemas, canciones, fotografías, videos, promesas, osos de peluche, hasta la típica "indiferencia" -para ver si reacciona. Lo único que gané fue tiempo, un par de meses más, no para que me hiciera feliz sino para que me diera el tiro de gracia y el típico: “no me dejes, podemos ser amigos”, “no quiero perderte pero no puedo ofrecerte lo que mereces”, “estoy confundido con mi vida”, "quisiera poder explicarte pero no tengo respuestas", “pamplinas”, “pamplinas”, “pamplinas”...

Hoy llegué a mi límite. El hijo de su bien amada, inmaculada y santa madre me mandó un mensaje largo y hermoso, con gran sabiduría de algún gurú de la India, para hacerme sentir mejor por mi evidente pérdida. 

Era una cadena.
Sí: ca-de-na.

De esas que te mandan todos los días tus amigos en las mañanas. De esas que mandas a la bandeja de spam en tu correo normalmente. Sí, son lindas, no lo dudo. En otras circunstancias lo habría apreciado mucho. No niego que el contenido de la cadena fuera positivo o útil. Sólo digo que no ma...lentienda. 

Cuando uno busca apoyo de un ser amado y recibe este tipo de mensajes aunados a un "tú puedes, bien por ti", no sé ustedes pero yo "flasheo mierda" como dicen mis amigos de Argentina.  Para estos consejos, prefiero consultar a mi mejor amigo, el más sabio y accesible que conozco: Google. 

También está mi gran y confiable amiga: Wikipedia. 

En serio, hoy encuentra uno soluciones para todo con ellos y siempre, siempre, SIEMPRE están disponibles. 

Wikihow te dice hoy no sólo 4 formas de superar a tu exnovio, sino te da buenos tips para conquistar a otro. Es neta.

Googleen lo que quieran.
Igual y Googleo “cómo deshacerte de tu exnovia” y aparece “mándale una cadena para que vea que ni tiempo tienes de escribirle que lo sientes, pero que te ‘importa’. No seas tan cabrón, sólo sutil”. 

En fin. 

Claramente me leí su cadena y lo mandé a saludar a su bien amada, inmaculada y santa madre. Aclaro que fui muy educada, no lo hice como se lo imaginan. 

Él no entendió cómo no aprecié su ¡oh gran gesto de caridad y amabilidad! En verdad imaginó que me acababa de compartir información vital para sobrevivir mi caso terminal de muerte cerebral. Inocente criatura, pequeño hámster de dos patas -Sí, mi versión clasificación “A” de Paquita la del Barrio. 

Así que, como cualquier mujer sin raciocinio --porque es lo primero que uno pierde durante la fase C de la enfermedad terminal de la amígdala (zona del cerebro donde se dice que radican las emociones)-- le di mis razones, sin sabores y bendiciones. 

Él... 
Se quedó dormido.
No, no ha leído nada aún.
Si, yo no he podido dormir ni ma... es decir, nada.
¿Les ha pasado? Para mí esto es una rutina.
El pan de cada día.
El vino de la cena.
El sandwich del almuerzo.

Así que hoy decidí dejarme de idioteces y ya olvidarme de él. 
Otra vez. 
Para siempre.
Según. 
FO-RE-VER!

Le cuesta a uno decidirse en estas cosas y debo admitir que estoy aterrada hasta la espina dorsal. Pero esta vez se trata de una decisión de vida o muerte: ¿Lo mato a él o me dejo morir de SICA (Síndrome de Insuficiencia Cerebral en la Amígdala)? 

Morir de SICA es terrible e incomprensible. A diferencia de otros padecimientos, uno no presenta síntomas físicos visibles (no, los ojos rojos y llorosos no son en realidad válidos en ningún trabajo, examen, entrega. Tampoco andar moquiento, para eso existen los Kleenex). No hay incapacidad laboral, no hay espacios especiales para estacionar el auto, no hay siquiera medicamentos disponibles. Aquellos que padecemos SICA morimos solos, en nuestro silencio, en nuestra miseria. Quizás amigos y familiares traten de ayudarnos, sin saber realmente qué hacer; no obstante, la realidad es que sólo nosotros podemos curarnos. 

No, el SICA no es contagioso. 

No, no hay vacuna.

No, no sé si la habrá. La verdad, no lo creo.

Así que, pese a lo mucho que lo amo, a que ya tenía una linda casa para el hámster de dos patas y que ya hasta había pensado en buscar la manera de simpatizarle a su amada, inmaculada y santa madre, decidí que hoy no me tocaba morir. 

No, no hoy. Y no de SICA. 

Y así, Lucía prosiguió escribiendo sus memorias en el blog que había abierto hace años y no había actualizado desde entonces. El hámster de dos patas le dio algo al final. Además de un cuadro de SICA severo, bolsas en los ojos por falta de sueño y exceso de sal, así como un par de retrasos laborales; el hámster le devolvió la inspiración y la confianza en ella misma. Porque nadie necesita de nadie para vivir.

Uno sólo se puede valer de uno mismo y Dios, para los que creen en Él. No hay vacunas, doctores, remedios, ni respuesta en Google que pueda darle a los seres humanos una cualidad vital para encontrar la felicidad: la dignidad. 

Así, pese a los casi fatales efectos secundarios del SICA, yo, el Dios de este relato, les doy un consejo que espero aún no esté en cadenas que personas desmedidamente inteligentes como el presunto hámster puedan mandar: 

"Los hámsters y las mujeres no sólo no hacen buenas parejas, sino que tienen hijos que sólo en religiones politeístas, como la hinduista, parecerán divinos. Busquen hombres, no roedores".  

He dicho. 

martes, 9 de septiembre de 2014

Lluvias de monzón

Creo que nunca había apreciado y odiado la lluvia tanto como hasta ahora. Quizás porque nunca había vivido las lluvias de monzón. 

En mi pequeña casa, en medio del bosque, escucho la lluvia caer. Fuerte cae cada gota, millones de gotas. Siento la tentación de salir y sentir la lluvia caer sobre mí, pero para el momento que consideré seriamente salir el chaparrón cesó. No quiero una llovizna, quiero un vendaval, una tormenta. 

Conforme pasan los años, me siento más joven y más vieja. De pronto me encuentro viajando con gente 9 años menor que yo y no me percato. Sí, claramente hay diferencias entre ser un profesional con mediana experiencia y un recién egresado de la prepa. Sin embargo, las pasiones no tienen edad. El deseo de conocer nuevos lugares y vivir lo que uno no imaginó vivir tan inusitadamente llega a a los 15, 20, 30, 50 años... Conocí a un jubilado gringo que vivía en Nepal feliz, en un hostal. Rodeado de jóvenes, se veía joven él mismo. Llevaba en Katmandu 2 meses y aún no sabía para cuando irse. Incluso mi abuela a sus setenta y tantos años se avienta su tour internacional anual, sin fallo.

A veces me siento vieja, cuando me topo con que mi pequeño primo ya termina la primaria o con la quincuagésima conocida que se acaba de comprometer, espera un hijo o el segundo. Entonces regreso a mi realidad biológica y me cuestiono: ¿será que ya debería buscar sentar cabeza?

Y lo pienso, me mal viajo, como dicen. 

Pero no, mi vida no es normal. O eso me gusta pensar. A veces volteo atrás y veo todo lo que he hecho estos 27 años y comprendo lo afortunada que he sido. La vida me ha dejado ver tantas cosas que no tengo palabras para agradecer a cualquiera que sea el Dios responsable por tantas bendiciones. Y cierro los ojos y veo mi propia película de memorias pasar. 

Puedo empezar a llorar en cualquier momento sólo de recordar. 

Ahora entiendo a mi padre cuando me dijo, hace no mucho, que las fotografías no valen nada a lado de nuestros recuerdos. Cosas como ver a mi hermano dormido en el asiento de junto en alguna carretera de Nepal; a mis amigos caminando por las calles desiertas de Ahmedabad, buscando defenderse de los perros callejeros; a los hijos de Jumoke corriendo en la mañana gritando "Auntie Lauraaaa"; la sonrisa de mi novio mientras corríamos por la playa; el silencio en la cima de la montaña en Mount Abu y mis amigos mirando el horizonte; los consejos de mi padre mientras recorríamos China; el bullicio indio percibido desde la cima del fuerte de Jodphur el fin de semana pasado. 

Y al final, el mundo es igual.

Después de conocer a gente de tantos lugares he entendido que la búsqueda del sentido trasciende cualquier nacionalidad, religión o idioma. El amor se encuentra en el lugar menos pensado. Los ángeles existen. El silencio habla. El dolor cura. El amor nos mueve. 

Tengo tanto amor, siento tanto amor. 

Y sé que he lastimado a mucha gente, sobre todo a la gente que más amo. Creo que a veces son aquellos que más nos conocen los que tienen la mala fortuna de toparse con nuestras peores versiones. Espero aprender a herir menos y a amar más. La vida es un cambio constante y como bien aprendí de El Rey León, "el cambio es bueno pero no es fácil". 

Así que hoy no pude pensar en nada más que en retomar este espacio y escribir un poco, en medio de la soledad uno encuentra la paz para pensar un poco y entender lo mucho que no apreciamos por estar viviendo al ritmo de esta civilización descontrolada, de esta época de inmediatez digital. 

Gracias a todos los que han estado ahí, lejos, cerca. Cada uno me ha hecho una mejor persona, les agradezco por estos 27 años de aprendizaje. 

Y ha parado de llover. Sin embargo, espero que caiga un diluvio mañana o más tarde. Ésta vez saldré a empaparme, sin titubear. 

miércoles, 26 de marzo de 2014

El movimiento y el cambio estático (AEN)

23 de noviembre de 2015

En medio de la nada, lejos de todo lo que conozco, no tengo idea de dónde estoy exactamente. Sólo sé que el autobús sigue en movimiento, en algún punto entre Rajasthan y Gujarat.

Y aquí, recostada en el compartimiento que se me asignó --porque en India los camiones pueden tener camas en lugar de asientos--en medio de gente que poco o nada me entiende--porque no hablo hindi y el inglés de ellos no es muy fluido (si es que saben)--me encuentro pensando en él. Cuando decidí salir del país para darle algún sentido extravagante a mi vida, no pensé que me encontraría pensando en él. No de esta forma. 

Me he dado cuenta de cómo el amor y los juegos mentales que éste involucra son iguales en todo el mundo. La gente parece no poder vivir sin un poco de drama en sus vidas. Claro, siempre hay quienes son más prácticos que otros, pero al final, hasta los que se dicen inmunes al drama tienen sus problemas también. 

Yo no soy la excepción. 

Y entonces veo sus ojos, sonrientes como siempre. Me imagino que está aquí, recostado junto a mi, abrazándome. 

Y yo lo estrujo como antes. 

Nos contamos secretos, de cuánto nos extrañamos, de lo que no dijimos, de lo que fingimos, de aquella vez que nos tomamos la mano en el cine, de cuando nos gritamos en medio del pasillo de la facultad, de su madre, de mis demonios, de nuestro amor, de lo que se perdió, de lo podríamos recuperar. Y él toma mi mano otra vez, nos metemos en nuestra burbuja narcótica... 

Una vez más. 

Estoy sola. 
En medio de la nada.
¿Él?
No lo sé. 
No hemos hablado en meses.

Cada quien siguió su vida. 
Extraños, ajenos, perdidos, fugaces, olvidados, fuertes, obstinados, orgullosos, nostálgicos, cobardes, soñadores, independientes, ignorantes, frágiles...
Solos.

Y aún así, en mi soledad, él me persigue. Lo siento aquí junto a mi, dentro de mí. Será que cada amor nos marca a su manera. Años de todo aquello y aún lo recuerdo con cada referencia a Woody Allen y cada canción de Athlete, incluso con las que no escuchamos juntos, la que sonaron después de dejarnos, después de la tormenta, durante la calma, calma que en realidad nunca llegó.

Pensé en escribirle una carta... 
Nadie hace esas cosas ya.
Y escribí muchos correos. 
Nunca envié ninguno.

Si pudiera volver, no movería nada, cada recuerdo lo dejaría intacto.

Si pudiera verte, probablemente no diría nada. Tendría miedo de decir cualquier cosa que te alejara otra vez.

Si puediera ver el brillo de tus ojos, como cuando me mirabas años atrás, antes del caos y de mi realidad... 
Pero tus ojos no brillaron la última vez, no somos los mismos que fuimos y esos tiempos quedaron atrás. 

El cambio fluye como el aire a través de mi ventana semiabierta; 
a veces nos enfría, 
a veces nos refresca, 
a veces nos avienta, 
nos aleja, 
nos apaga, 
nos levanta. 

Cerré los ojos. Lo vi de nuevo, frente a mí, sonriendo tal cual lo hizo antes de besarme por primera vez. 

Pero no hubo más besos.
No habrá más. 

Y dicen que uno viene a la India a encontrarse a uno mismo. Hasta Steve Jobs se unió al clan. Yo no sé si el hecho de ser unos ignorantes en medio de templos y rituales hinduistas nos haga encontrarnos. Lo dudo. Y he leído y preguntado, para ser menos ignorante, pero no hay fórmulas para descubrir quiénes somos y claramente fingirse hinduista --porque uno no va a adquirir una fe ciega en dioses cuyos nombres son por momentos casi imposibles de pronunciar correctamente-- no va a llevarnos a ningún lado. 

Tampoco creo que ver la pobreza en la que vive la gente nos haga transformarnos.-Además de que lo que he visto aquí  no es algo muy lejano a lo que he visto en mi propio país. Salvo las vacas, que andan libres por doquier, estas cosas se escuentran fácilmente en México. 

Quizás hasta las vacas. 

Sólo hay que salir un poco de nuestra zona de confort, probablemente ni siquiera hay que dejar la capital.

¿Quieren encontrarse en un lugar ajeno y entre algún dialecto extraño? 
Hay muchos poblados en México, en dónde aún la gente viste ropas típicas y habla sus propias lenguas ancestrales, en donde te acogen y te arropan, te enseñan y te nutren...

Yo no vine aquí a encontrarme con Shiva o Ganesh. Mucho menos a intentar cambiar un país que tiene más de un billón de habitantes...

Solo vine aquí a perderme entre la gente, a escuchar otra atmósfera, a sentirme libre, a absorver otra realidad. 

Pero uno nunca puede escapar de uno mismo. 
La libertad empieza desde adentro y para eso no hay que moverse un centímetro. 

Y dentro de mí, sigo en espera del encuentro con mi voz interior, aún no sé qué decidiré, pero los murmullos empiezan a resonar. 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Lo extraordinario, lo cotidiano y nosotros

No sé qué es lo que estaba pensando cuando dudé sobre lo que sentía por ti...

Sé que el tiempo vuelve nuestras vidas un devenir imperceptible y monótono, una constante rutina que va desde el despertador en la mañana hasta el aroma de las sábanas a media noche.  
Pasan los días y, enmohecidos en nuestra cotidianidad, no nos percatamos de lo que ha ocurrido, lo que hemos aprendido, lo que hemos crecido, lo que hemos llorado, lo que hemos reído, lo que hemos incorporado a nuestro espíritu y a quien somos. Transitamos por el tiempo, preocupados por miniedades y pequeñeces, estupideces como algún chisme en la oficina o las calorías en la comida, sin ver lo maravillosa y entrañable que es nuestra existencia; lo peculiar que es observar a gente en la calle, en el metro, en el tránsito... 

Pequeños milagros cotidianos como una sonrisa o un café endulzado con palabras, sus palabras, tus palabras. 

Hemos estado juntos desde lo que me parece toda una vida. Estos años me han parecido fugaces y sigo sin entender en que momento reuniste el valor para amarme a lo largo de este tiempo, pese a todo lo que ha ocurrido y las necedades a las que me he aferrado una y otra vez. 

Tú sigues aquí, sin importar donde esté, no me has dejado. 
Me he ido.
He regresado.
Me he vuelto a ir.
Y aún no sé si regresaré... 

Desde tres continentes te he llamado, en diferentes horarios, en distintos contextos. 
Siempre has contestado. 
Incondicional.
Eres la constante,
la seguridad,
la certeza... 

Y nunca me he sentido sola pese a la distancia, te llevo conmigo, amarrado a mis recuerdos y a lo que es en realidad mi hogar ahora: tú.
Sin darme cuenta cómo, eres mi pasado, mi presente y mi futuro. 

Esta noche, que te veo en esta pantalla fría y distante, siento que te tengo aquí, junto a mí, percibo el calor de tus ojos y la dulzura de tus labios. Puedo incluso oler tu sudor. 

Nunca he sido alguien de pocas palabras. Menos alguien práctica. Siempre, de una u otra forma, complico mi vida un poco más; como quien no puede conformarse con la rutina de la vida adulta estilo godinez, la seguridad Godínez, el confort del empleado de nómina, de la esposa inmaculada, de la hija de papi. 

No puedo, creo que nunca podré.

Me he ido lejos por segunda vez. Y sigues ahí, aquí... Esperando por mí. Me da miedo creer que alguien pueda amarme así, no me siento digna de tal gesto, de tal milagro. 
Y nadie lo cree... 
Pocos entienden que esto pueda existir. 
Por momentos ni yo lo creo. 

Sin embargo, siempre logras manterme tuya, cautiva en tus brazos intangibles. 
No puedo sentirme yo misma en otros. 
Ya no. 

Te amo. 
Más de lo que amado antes o lo que creí posible... 
No estoy contigo, estoy en ti; y estando del otro lado del mundo, absorbiendo la cotidianidad de lo desconocido y exótico para mí, me he descubierto extrañando el devenir ya no tan gris de mis días en México. La persistencia en mi subconsciente y consciente de la rutina de tus manos largas y tus ojos intensos. 

Al final... lo más fortuito de esta experiencia internacional y extravagante es que, irónicamente, sólo enmarca lo inolvidable que has sido para mí. Lo único y especial que en realidad eres.

Y lo cotidiano es lo extraordinario.

Hace varios años te dije que sí. 
Jamás imaginé todo lo que pasaría en los meses por venir, pero todo pasó y sigue pasando. 

Creo que este tiempo no es nada comparado con lo que nos resta. 

Por primera vez en mi vida siento la certeza de que he terminado mi búsqueda. 
Gracias por encontrarme.  

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El Lobo y la Barbie (AEN)

30 de noviembre de 2007

Sucedió en una sala de cine.

Estaban sentados al final de la fila, ninguno de los dos era aficionado de dichas butacas poco estratégicas, en donde no se aprecia a la perfección "el cuadro" (como le dicen ellos) y, aún peor, puedes terminar con tortícolis.

¿Por qué se sentaron ahí?
Por mera atracción.

Aunque estudiaban juntos, nunca se habían visto, por lo menos no mutuamente. Entre 168 alumnos de nuevo ingreso, seis meses pueden no ser suficientes para conocer a todos. 

Para su buena fortuna, o eso creían -porque cosas inusitadas y frustrantes ocuparon su relación años después- tenían un amigo en común, Enrique, mejor conocido como Quique, quien decidió organizar una salida al cine por motivo de concluir todos su primer semestre. 

¿Qué les digo de esta comitiva? No mucho, quizás. Un conglomerado de ocho adultos prematuros (o adolescentes tardíos) unidos, entre otras cosas, por su alto rendimiento académico. De todos, Lucía iba a la delantera, por centésimas, cuestión que si me lo preguntan la hace más risible que respetable. Es considerada una ñoña obsesiva, por lo menos por mí, y siendo yo un narrador omnisciente--básicamente Dios en este humilde pero glorioso relato--podemos tomar mi opinión como suprema y objetiva.

¿En qué estaba? Ah si, los geeks tórtolos. Pues casual o no, estos dos jóvenes terminaron sentados juntos al final de la fila, en lo oscurito, en lo privado, mejor rincón cliché no pudieron asignarles.

La proyección inició, junto con una pila de pensamientos, susurros y miradas desviadas de la pantalla, detalles todos que componen el típico coqueteo de aquellos que van en la secundaria. 

Me sorprende descubrirme nervioso y excitado por estar sentado junto a esta niña. Me sorprenden más el par de comentarios acertados que ha hecho hasta ahora. Viniendo de alguien que combina sus zapatos con su bolsa y lentes, no esperaba algo así. Estaba preparado para algo como el actor está buenísimo o se ve súper falsa esa explosión.

Sí, sueno clasista, pero gente de este tipo de facha no dice cosas muy interesantes para mí, alguien que sabe los orígenes y tendencias visuales del director de la cinta o la trayectoria artística completa del actor "buenísimo".

Y no me siento mal por cualquier Barbie Condechi que se ofenda.
No soy un tipo de Barbies.

De cualquier forma, esta Barbie en específico no siempre viste así, quizás por eso sea excepcional su conversación, no es una Barbie en realidad. 

Cuando la vi hoy, admito que llamó mi atención de entrada, sobre todo cuando me sonrió. El sexo femenino no suele sonreírme, a excepción de mi madre. Atribuyo su gesto a que vengo de traje y me peiné para atrás. Uno puede ganar mucho si se viste "decente". Hoy presenté examen final, una exposición, y tuve que disfrazarme de niño bien o, más bien: oficinista.

Ella ya me había visto antes, sólo que no lo recordó porque me vio en mis fachas casuales, en mi verdadero yo: jeans gastados (que no es lo mismo que sucios), Convers y playeras con motivos desde Los Muppets hasta el último Coachella. Si no saben qué es Coachella, deberían dejar de leer esto. Por favor.

Googléenlo.
No finjan que saben si la verdad no. Y me choca la gente que finge saber y no sabe ni madres...

En fin, nadie toma en serio a un tipo así, tan "fodongo" según varios de mis familiares, por lo menos no a primera vista (eso y que hago comentarios directos y quizás impertinentes como el arriba citado). Sé que, si me vio, pasé simplemente a formar parte de su subconsciente.

A mí eso en realidad me vale, me gusta estar solo.

Soy como el Lobo Estepario de Herman Hesse. También pueden Googlear eso. Me gusta explicarlo así, siempre suena mejor a: "soy un antisocial, huraño y cínico".

En fin, como les decía, ella ya me había visto y yo a ella, porque es amiga de Quique. La primera vez, pensé que era ñoña, aburrida y hasta fea, la verdad. Estábamos en la fila de las copias y llevaba un atuendo que la hacia parecer una maestra solterona, de esas que te hacen reír y llorar sincrónicamente...

...Con decirles que traía unos zapatos parecidos a los de Mafalda o, más fácil, a los de mi abuela... No soy un tipo de Barbies, pero hay límites.

Gran sorpresa me llevé semanas después, cuando la encontré con el cabello suelto, maquillaje y blusa escotada sin caer en lo indecente. Le daba un aire a Michelle Williams... Tarde dos minutos en reconocerla.
Juro que fue radical el cambio.

El día que definitivamente logró ganarse su lugar en mi lista de posibles conquistas (sí, hasta alguien como yo tiene una) fue aquél en que la vi con una playera de Batman, pegada. No, no fue que marcara sus curvas (bueno, sí un poco), sino que el enmascarado nocturno es de mis héroes favoritos, principalmente después de la serie de Christopher Nolan (sí saben quién es él, ¿verdad..? ¿Memento?). Eso y sus Convers la hicieron ganarse su lugar.

No sabía que Quique la había invitado, aunque no debió sorprenderme, si siempre andan como chicles.

Hoy viene como cualquier niña fresa de la universidad, se ve bien, una chica con tacones se ve sexy, aunque para mí es más sexy la sonrisa que me echó. La verdad no me esperaba una reacción así y lo tomé como una propuesta para sentarme a su lado. 

Llevamos aquí un rato ya... Ella ha hecho un par de comentarios respecto al guión y a la cinematografía.

Que una mujer diga en la misma frase telefoto y Macguffin es suficiente para que alguien como yo descuide la proyección para rectificar que la aliteración salió de sus labios. Unos labios bastante apetecibles.

Probé un poco el terreno y le hice un par de bromas que relacionaban el parecido de los arquetipos de los personajes con compañeros de la escuela o maestros. Ya sé, nada original. Para mi sorpresa, ella rió en cada broma, sin fallar. Incluso agregó de su cosecha buenos hallazgos. 

Me perturba que mi atracción por ella aumenta cada vez más.  

Durante los últimos 10 minutos he intentando reunir el valor para rozar su mano con la mía. El problema es que tiene ambas en la cara, la mujercita decidió sentarse con la cabeza apoyada en las manos, mientras sus codos descansan sobre sus piernas. Mi esperanza es que nadie puede quedarse en esa posición incómoda tanto tiempo. 

Y tenía razón, porque se movió. Ahora está cruzando los brazos y su mano derecha está a mi alcance. Crucé los brazos también. Mi mano izquierda quedó muy cerca de ella.

     -Ten valor, cabrón- me dije en mis adentros.

¡Pum!

Movió ella primero el dedo y acarició frágilmente mi mano, no sé si fue un error, pero me dio pauta para regresarle el gesto. 

Una guerrilla cautelosa y discreta de piquetes de índices, anulares y hasta meñiques inició y, entonces, no sé cómo, un impulso de estupidez o coraje me hizo darle la mano, aún con los brazos cruzados. 

Y ella no la quitó.
¡A güevo!

Acaricié entonces su mano y me di cuenta que era pequeña y suave, uñas cortas. Me animé a acercarme más a ella y me recorrí lo más que pude en el asiento.  En cualquier otra cita habría quitado el descansabrazos para abrazarla y ya saben el protocolo, pero esto no era en realidad una cita, además de que cerca de una decena de compañeros-ya sé que no son tantos, pero me lo parecen- notarían el cursi y comprometedor gesto. Más viniendo de mí.

Me conformé con acercarme a su oído y decirle:
      -¿Me das de tu refresco?- Ya sé... qué imbécil. 

Soltó mi mano y me pasó su vaso. Tomé un poco.
Era Coca Light.
Me purga la Coca y más de dieta. Barbies...

Le devolví el vaso y ella lo puso en su sitio, pero no volvió a cruzar los brazos para darme la señal de tomar su mano nuevamente.

Pensé en darle la mano por debajo del descansabrazos, pero no sabía si me verían.

     -¡Vas cabrón!- me dije nuevamente.

Justo cuando me iba a arriesgar, ella volvió a cruzar los brazos. 

Gustavo tomó la mano de Lucía nuevamente y ella confirmó que él no la encontraba indiferente después de todo. Sintió su mirada numerosas veces durante el resto de la cinta y, casi al final, se decidió a confrontarla.

Descubrió unos ojos tiernos y una sonrisa inusitada. Ella sonrió también. Lo habría besado en ese instante, si no fuera por el público entrometido que presenciaría ese arrebato de pasión impulsiva. Aunque, se veía tan sexy peinado para atrás -textual de la Barbie, claramente, me es indiferente el peinado del antisocial éste. 

Se miraron un poco más y luego volvieron sus rostros al frente. Él apretó su mano y ella le devolvió el guiño. Entonces Gustavo se volvió hacia ella y olió su cabello. Reconoció frutas, era un aroma extrañamente familiar.

Recordó que era el olor del shampoo de su hermana. En otros momentos esto lo habría perturbado un poco, pero ese aroma ahora le pertenecía a su nueva conquista, no a su hermana. 

Lo inhaló un poco más, quería conservar ese momento para siempre, quizás esta chica sería especial, tal vez ella finalmente le quitaría lo lobo estepario, cínico y antisocial.

O quizás no.

Aún así, prolongó ese instante de emoción y tensión lo más que pudo.

Término la función y ambos se soltaron. Salieron con el resto del grupo y, aunque él se vio duramente tentado de quedarse en la plaza, pues escuchó que ella permanecería hasta tarde para ver a sus amigas, tenía que regresar el auto antes de las 6:00 de la tarde. Sí, a su madre. Consideró llegar más tarde... ¿Qué podía pasar?

Se despidió.
Madre 1 - Lucía 0.

Al llegar a casa, se dio un baño y fingió para sí mismo que se equivocaba de botella de shampoo y, al tiempo que olía las frutitas con vitamina V1 y queratina provenientes de aquel recipiente morado, recordó la mirada de Lucía al salir del cine y cómo sus ojos sonrieron admitiendo que ella también compartía algo más con él que su pasión por el celuloide.

Y siguió pensando en ella... su nueva musa y futuro tormento, el pobre hombre, infatuado hasta el apéndice, no tiene idea de lo que le espera.

Pero yo sí. 


domingo, 15 de septiembre de 2013

El trono, nada más (AEN)

13 de enero de 2012

Todas han estado ahí.
Esperando a que llegue, que llame, un mail, un whats, lo que sea. 
 
Yo he estado ahí.
Estoy ahí. 

Detesto el mensaje casual. Ese que te hace pensar que la espera no ha sido en vano. Ese momento en que salta tu corazón y sonríes como estúpida, la clásica sonrisa tan amplia como una rebanada de sandía esperando ser devorada. 

Todas esperamos eso...
Ser devoradas.

Hoy me texteaste y caí, como siempre. Dejé de hacer mi trabajo y creo que literalmente mi cerebro entró en hibernación para que mi absoluta atención se concentrara devota, irrevocable e indefinidamente en ti. 

Vivo bajo la premisa de tener attention deficit desorder (ADD). No puedo concentrarme más de 15 minutos en prácticamente nada. 
Me cuesta leer por largos periodos de tiempo.
Me cuesta estudiar para exámenes.
Me cuestan esas juntas laborales con el jefe blablabeando en algo que raya en el arameo a las 9 de la mañana. 

Llevo 1 hora atenta a tus respuestas intermitentes. 
Hasta mi ADD ha caído rendido a ti.
Lo has idiotizado, y de paso a mí.

Y cancelé mis planes. Sólo porque insinuaste tener tiempo de verme porque saldrías temprano del trabajo. 

Hice tiempo en la oficina, que queda cerca de la tuya, por lo menos más que mi casa.

Me retoqué el maquillaje a cada oportunidad o señal de imperfección. 

Imaginé de qué hablaríamos. 
Imaginé tu risa, tus manos, tus ojos.
Imaginé que me robabas un beso. 

Cancelaste.

Inevitablemente me deprimí. 
Me derrumbé.
Me ahogué en dos margaritas y un scotch, acompañada de un colega del área de sistemas. El único disponible a las 9:00 de la noche para ir a malacopear. Me habló de su novia, como siempre. Yo hablé del mío.

Sí.
Del mío.

Y no sé qué hago con este hombre bebiendo y fingiendo que no tenía planes para hoy. A veces pienso que él eres tú en realidad. 

¿Qué hago pensando en ti y no en mi novio?
¿Por qué un mensaje tuyo hace que olvide todo: mi trabajo, mi ADD, mi novio, mi vida completa? 
Lo detesto.

Al final sabemos que nosotras sólo somos un pasatiempo, literalmente, un pasa-tiempo. Estamos ahí, esperando a que algún día tengan un momento para hacernos pensar que todo ese lapso eterno de horas, días, semanas, e incluso meses o años, han pensado en nosotras. 
Que una vale algo en su vida. 
Que una tiene una esperanza.

Mientras tanto, fingimos que no esperamos nada y que seguimos con nuestras vidas. Porque sino pareceremos necesitadas, rogonas, arrastradas, urgidas, perritos falderos, dependientes, stalkers, incondicionales, desesperadas, arrimadas, pobres diablos (¿o diablas?), velitas prendidas, último recurso, you name it!

Y detesto fingir. 

Me han dicho, los que saben de la encrucijada amorosa en la que me encuentro, que deje a mi novio, que no está bien. Aunque hay quien asegura que un clavo saca a otro clavo, o quizás te lo clava más... 

Yo no sé. Supongo que lo estoy averiguando.

Al inicio admito que este dude, mi novio, también abrumó a mi ADD, me enloqueció. Me infatué brutalmente y me creí curada de ti--sí, sigo hablando contigo. 

Eventualmente el hechizo caducó, casi totalmente. Hay chispazos casuales, sí. Pero lo cierto es que la rutina venció, la costumbre se hizo tangible y, como en los últimos años, has recuperado tu trono, tantas veces abdicado. 

Creo que sigo intoxicada de ti, hasta las entrañas de mi materia gris. Incluso la sinapsis más débil pulsa en tu favor. Y mi razocinio es la constante minoría en esta votación, donde tú has robado las pocas casillas de cordura. Ni la democracia mexicana es tan ridícula como la del Mundo de Lucía. Y te diré que el futuro presidente copetudo deja mucho que desear, que le enseñen a hablar, si va a mentir, que lo haga bien. 
Deberías enseñarle tú, tienes que admitir que eres un experto timador.

Y sigo esperando a que me mandes otro whats, que me saques de mi miseria y de esta conversación sobre relaciones fallidas y pormenores laborales. 
Que me digas que siempre sí nos vemos.
Que vengas a reclamar tu trono.
Admito que cada quince minutos volteo a la puerta, esperando verte llegar. Ni siquiera sabes que estoy aquí. ¿Por qué espero tan casi imposible coincidencia?

Y sigo volteando, a la puerta, al celular... 

Pero no hay nada.
Sólo un montón de gente, una cuenta sin pagar y rastros de lágrimas y besos guardados.
Sólo una pantalla fría y vacía, al igual que la verdad, la verdad de que seguiré esperando... 
Porque soy un trono vacío, nada más.

Y Lucía seco una lágrima que amenazó con mojar su teclado. Parpadeó múltiples veces, inútilmente. La tormenta había iniciado de nuevo. Justo cuando pensó que lo había superado, que lo había dejado ir, cayó en cuenta que aún aguarda su regreso. 

Leyó una y otra vez el correo. Corrigió errores de dedo, porque ella tiene perfecta ortografía, sólo ese tipo de errores ha de corregir, junto con uno que otro de redacción. A Lucía se le ha hecho una costumbre escribir cosas como lo que acaban de leer, como si su vida fuera una novela. Lo curioso es que lo es, pero eso sólo ustedes y yo lo sabemos, estimados lectores.

Lloró más. 

Pensó que si lloraba hasta que le explotaran las cuencas de los ojos iba a dejarlo ir finalmente. Como si la deshidratación ocular fuera un síntoma de amnesia sentimental.

Pero sólo lo deseó más. Estuvo a punto de marcarle. No se atrevió. Pensó en marcarle a su novio, pero ¿qué excusa daría a su voz entrecortada?

Vio la pantalla de su Mac, saturada de sus emociones y de la verdad que se ha guardado por meses, porque ella sabe que quien la acompaña ahora no ha llenado el hueco que dejó Él. Y con "Él" me refiero al rufián a quien dedicó aquel correo. El terrorista que la dejó discapacitada en el amor y en su amor propio. 

Aquellos incorrespondidos en el amor son almas que se desangran y caminan heridas por las calles sin las ventajas de otros discapacitados comunes. No les dan incapacidad en el seguro social, no tienen un lugar privilegiado de estacionamiento, no tienen ningún trato especial más allá de la lástima de aquellos que conocen la verdad detrás de sus sonrisas artificiales. 

Y Lucía guardó el correo en la bandeja de borradores, porque nadie es tan valiente o estúpida (según sus propias palabras) para mandar algo así. 

Cerró la computadora, apagó la luz de su recámara y, sin siquiera considerar el lavarse los dientes o ponerse una pijama, se metió en las cobijas y lloró un poco más, lo suficiente para agotar sus últimas energías y caer dormida...

Y frágilmente esperó, antes de desfallecer de tristeza, que todo fuera mejor al día siguiente. 

Lo que pasará mañana sólo creará más conmoción en su corazón, porque Él no le ha dicho algo que cambiará todo entre ellos, quizás para siempre. 

viernes, 30 de agosto de 2013

Jugo en los labios (AEN)

4 de marzo, 2009

Si pueda besarte ahora, te besaría una y otra vez, hasta que no sepa en dónde empiezo o en dónde acabas...

No he podido sacarte de mi mente, te veo en la escuela y sé que me sonrojo. Claramente me han empezado a importar cosas que antes eran insignificantes. Cosas como si combinan mis aretes con mi blusa o si se notan las ojeras debajo de mis lentes. Compré un gloss, de esos de Lancôme que me parecían estúpidamente caros. Lo hice porque me pareció totalmente congruente el argumento de la vendedora. ¿Cuál era? Que nadie resistiría mis labios... 

Hoy usé mi gloss y lo notaste, porque cuando me viste te fijaste en mi boca. En ese momento hubiera colapsado yo al salón entero en un terremoto emocional que nos dejara solos a ti y a mí. No recuerdo de qué era la clase, pero recuerdo el libro que tenías junto a ti, era uno de Woody Allen. Me pareció sumamente sexy que leyeras en inglés. De pronto todo tú me pareces sexy. 

Tu sonrisa breve.
Tus manos inquietas.
Tus convers extrañamente limpios hoy.
Tus ojos que... Fck. Me has sorprendido viéndote como idiota.

Pero te reíste, no de mí, conmigo. O eso me hiciste pensar exitosamente. 

¿Significa que sientes lo mismo? 

Me he imaginado que me dices que quieres probar mi gloss...
Yo te digo que entonces sabrías para quién lo compré. 
Tú me dices ¿ah sí?
Yo te digo sí, porque es de frutitas, como tu shampoo.