Mostrando entradas con la etiqueta Gustavo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gustavo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de marzo de 2014

El movimiento y el cambio estático (AEN)

23 de noviembre de 2015

En medio de la nada, lejos de todo lo que conozco, no tengo idea de dónde estoy exactamente. Sólo sé que el autobús sigue en movimiento, en algún punto entre Rajasthan y Gujarat.

Y aquí, recostada en el compartimiento que se me asignó --porque en India los camiones pueden tener camas en lugar de asientos--en medio de gente que poco o nada me entiende--porque no hablo hindi y el inglés de ellos no es muy fluido (si es que saben)--me encuentro pensando en él. Cuando decidí salir del país para darle algún sentido extravagante a mi vida, no pensé que me encontraría pensando en él. No de esta forma. 

Me he dado cuenta de cómo el amor y los juegos mentales que éste involucra son iguales en todo el mundo. La gente parece no poder vivir sin un poco de drama en sus vidas. Claro, siempre hay quienes son más prácticos que otros, pero al final, hasta los que se dicen inmunes al drama tienen sus problemas también. 

Yo no soy la excepción. 

Y entonces veo sus ojos, sonrientes como siempre. Me imagino que está aquí, recostado junto a mi, abrazándome. 

Y yo lo estrujo como antes. 

Nos contamos secretos, de cuánto nos extrañamos, de lo que no dijimos, de lo que fingimos, de aquella vez que nos tomamos la mano en el cine, de cuando nos gritamos en medio del pasillo de la facultad, de su madre, de mis demonios, de nuestro amor, de lo que se perdió, de lo podríamos recuperar. Y él toma mi mano otra vez, nos metemos en nuestra burbuja narcótica... 

Una vez más. 

Estoy sola. 
En medio de la nada.
¿Él?
No lo sé. 
No hemos hablado en meses.

Cada quien siguió su vida. 
Extraños, ajenos, perdidos, fugaces, olvidados, fuertes, obstinados, orgullosos, nostálgicos, cobardes, soñadores, independientes, ignorantes, frágiles...
Solos.

Y aún así, en mi soledad, él me persigue. Lo siento aquí junto a mi, dentro de mí. Será que cada amor nos marca a su manera. Años de todo aquello y aún lo recuerdo con cada referencia a Woody Allen y cada canción de Athlete, incluso con las que no escuchamos juntos, la que sonaron después de dejarnos, después de la tormenta, durante la calma, calma que en realidad nunca llegó.

Pensé en escribirle una carta... 
Nadie hace esas cosas ya.
Y escribí muchos correos. 
Nunca envié ninguno.

Si pudiera volver, no movería nada, cada recuerdo lo dejaría intacto.

Si pudiera verte, probablemente no diría nada. Tendría miedo de decir cualquier cosa que te alejara otra vez.

Si puediera ver el brillo de tus ojos, como cuando me mirabas años atrás, antes del caos y de mi realidad... 
Pero tus ojos no brillaron la última vez, no somos los mismos que fuimos y esos tiempos quedaron atrás. 

El cambio fluye como el aire a través de mi ventana semiabierta; 
a veces nos enfría, 
a veces nos refresca, 
a veces nos avienta, 
nos aleja, 
nos apaga, 
nos levanta. 

Cerré los ojos. Lo vi de nuevo, frente a mí, sonriendo tal cual lo hizo antes de besarme por primera vez. 

Pero no hubo más besos.
No habrá más. 

Y dicen que uno viene a la India a encontrarse a uno mismo. Hasta Steve Jobs se unió al clan. Yo no sé si el hecho de ser unos ignorantes en medio de templos y rituales hinduistas nos haga encontrarnos. Lo dudo. Y he leído y preguntado, para ser menos ignorante, pero no hay fórmulas para descubrir quiénes somos y claramente fingirse hinduista --porque uno no va a adquirir una fe ciega en dioses cuyos nombres son por momentos casi imposibles de pronunciar correctamente-- no va a llevarnos a ningún lado. 

Tampoco creo que ver la pobreza en la que vive la gente nos haga transformarnos.-Además de que lo que he visto aquí  no es algo muy lejano a lo que he visto en mi propio país. Salvo las vacas, que andan libres por doquier, estas cosas se escuentran fácilmente en México. 

Quizás hasta las vacas. 

Sólo hay que salir un poco de nuestra zona de confort, probablemente ni siquiera hay que dejar la capital.

¿Quieren encontrarse en un lugar ajeno y entre algún dialecto extraño? 
Hay muchos poblados en México, en dónde aún la gente viste ropas típicas y habla sus propias lenguas ancestrales, en donde te acogen y te arropan, te enseñan y te nutren...

Yo no vine aquí a encontrarme con Shiva o Ganesh. Mucho menos a intentar cambiar un país que tiene más de un billón de habitantes...

Solo vine aquí a perderme entre la gente, a escuchar otra atmósfera, a sentirme libre, a absorver otra realidad. 

Pero uno nunca puede escapar de uno mismo. 
La libertad empieza desde adentro y para eso no hay que moverse un centímetro. 

Y dentro de mí, sigo en espera del encuentro con mi voz interior, aún no sé qué decidiré, pero los murmullos empiezan a resonar. 

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El Lobo y la Barbie (AEN)

30 de noviembre de 2007

Sucedió en una sala de cine.

Estaban sentados al final de la fila, ninguno de los dos era aficionado de dichas butacas poco estratégicas, en donde no se aprecia a la perfección "el cuadro" (como le dicen ellos) y, aún peor, puedes terminar con tortícolis.

¿Por qué se sentaron ahí?
Por mera atracción.

Aunque estudiaban juntos, nunca se habían visto, por lo menos no mutuamente. Entre 168 alumnos de nuevo ingreso, seis meses pueden no ser suficientes para conocer a todos. 

Para su buena fortuna, o eso creían -porque cosas inusitadas y frustrantes ocuparon su relación años después- tenían un amigo en común, Enrique, mejor conocido como Quique, quien decidió organizar una salida al cine por motivo de concluir todos su primer semestre. 

¿Qué les digo de esta comitiva? No mucho, quizás. Un conglomerado de ocho adultos prematuros (o adolescentes tardíos) unidos, entre otras cosas, por su alto rendimiento académico. De todos, Lucía iba a la delantera, por centésimas, cuestión que si me lo preguntan la hace más risible que respetable. Es considerada una ñoña obsesiva, por lo menos por mí, y siendo yo un narrador omnisciente--básicamente Dios en este humilde pero glorioso relato--podemos tomar mi opinión como suprema y objetiva.

¿En qué estaba? Ah si, los geeks tórtolos. Pues casual o no, estos dos jóvenes terminaron sentados juntos al final de la fila, en lo oscurito, en lo privado, mejor rincón cliché no pudieron asignarles.

La proyección inició, junto con una pila de pensamientos, susurros y miradas desviadas de la pantalla, detalles todos que componen el típico coqueteo de aquellos que van en la secundaria. 

Me sorprende descubrirme nervioso y excitado por estar sentado junto a esta niña. Me sorprenden más el par de comentarios acertados que ha hecho hasta ahora. Viniendo de alguien que combina sus zapatos con su bolsa y lentes, no esperaba algo así. Estaba preparado para algo como el actor está buenísimo o se ve súper falsa esa explosión.

Sí, sueno clasista, pero gente de este tipo de facha no dice cosas muy interesantes para mí, alguien que sabe los orígenes y tendencias visuales del director de la cinta o la trayectoria artística completa del actor "buenísimo".

Y no me siento mal por cualquier Barbie Condechi que se ofenda.
No soy un tipo de Barbies.

De cualquier forma, esta Barbie en específico no siempre viste así, quizás por eso sea excepcional su conversación, no es una Barbie en realidad. 

Cuando la vi hoy, admito que llamó mi atención de entrada, sobre todo cuando me sonrió. El sexo femenino no suele sonreírme, a excepción de mi madre. Atribuyo su gesto a que vengo de traje y me peiné para atrás. Uno puede ganar mucho si se viste "decente". Hoy presenté examen final, una exposición, y tuve que disfrazarme de niño bien o, más bien: oficinista.

Ella ya me había visto antes, sólo que no lo recordó porque me vio en mis fachas casuales, en mi verdadero yo: jeans gastados (que no es lo mismo que sucios), Convers y playeras con motivos desde Los Muppets hasta el último Coachella. Si no saben qué es Coachella, deberían dejar de leer esto. Por favor.

Googléenlo.
No finjan que saben si la verdad no. Y me choca la gente que finge saber y no sabe ni madres...

En fin, nadie toma en serio a un tipo así, tan "fodongo" según varios de mis familiares, por lo menos no a primera vista (eso y que hago comentarios directos y quizás impertinentes como el arriba citado). Sé que, si me vio, pasé simplemente a formar parte de su subconsciente.

A mí eso en realidad me vale, me gusta estar solo.

Soy como el Lobo Estepario de Herman Hesse. También pueden Googlear eso. Me gusta explicarlo así, siempre suena mejor a: "soy un antisocial, huraño y cínico".

En fin, como les decía, ella ya me había visto y yo a ella, porque es amiga de Quique. La primera vez, pensé que era ñoña, aburrida y hasta fea, la verdad. Estábamos en la fila de las copias y llevaba un atuendo que la hacia parecer una maestra solterona, de esas que te hacen reír y llorar sincrónicamente...

...Con decirles que traía unos zapatos parecidos a los de Mafalda o, más fácil, a los de mi abuela... No soy un tipo de Barbies, pero hay límites.

Gran sorpresa me llevé semanas después, cuando la encontré con el cabello suelto, maquillaje y blusa escotada sin caer en lo indecente. Le daba un aire a Michelle Williams... Tarde dos minutos en reconocerla.
Juro que fue radical el cambio.

El día que definitivamente logró ganarse su lugar en mi lista de posibles conquistas (sí, hasta alguien como yo tiene una) fue aquél en que la vi con una playera de Batman, pegada. No, no fue que marcara sus curvas (bueno, sí un poco), sino que el enmascarado nocturno es de mis héroes favoritos, principalmente después de la serie de Christopher Nolan (sí saben quién es él, ¿verdad..? ¿Memento?). Eso y sus Convers la hicieron ganarse su lugar.

No sabía que Quique la había invitado, aunque no debió sorprenderme, si siempre andan como chicles.

Hoy viene como cualquier niña fresa de la universidad, se ve bien, una chica con tacones se ve sexy, aunque para mí es más sexy la sonrisa que me echó. La verdad no me esperaba una reacción así y lo tomé como una propuesta para sentarme a su lado. 

Llevamos aquí un rato ya... Ella ha hecho un par de comentarios respecto al guión y a la cinematografía.

Que una mujer diga en la misma frase telefoto y Macguffin es suficiente para que alguien como yo descuide la proyección para rectificar que la aliteración salió de sus labios. Unos labios bastante apetecibles.

Probé un poco el terreno y le hice un par de bromas que relacionaban el parecido de los arquetipos de los personajes con compañeros de la escuela o maestros. Ya sé, nada original. Para mi sorpresa, ella rió en cada broma, sin fallar. Incluso agregó de su cosecha buenos hallazgos. 

Me perturba que mi atracción por ella aumenta cada vez más.  

Durante los últimos 10 minutos he intentando reunir el valor para rozar su mano con la mía. El problema es que tiene ambas en la cara, la mujercita decidió sentarse con la cabeza apoyada en las manos, mientras sus codos descansan sobre sus piernas. Mi esperanza es que nadie puede quedarse en esa posición incómoda tanto tiempo. 

Y tenía razón, porque se movió. Ahora está cruzando los brazos y su mano derecha está a mi alcance. Crucé los brazos también. Mi mano izquierda quedó muy cerca de ella.

     -Ten valor, cabrón- me dije en mis adentros.

¡Pum!

Movió ella primero el dedo y acarició frágilmente mi mano, no sé si fue un error, pero me dio pauta para regresarle el gesto. 

Una guerrilla cautelosa y discreta de piquetes de índices, anulares y hasta meñiques inició y, entonces, no sé cómo, un impulso de estupidez o coraje me hizo darle la mano, aún con los brazos cruzados. 

Y ella no la quitó.
¡A güevo!

Acaricié entonces su mano y me di cuenta que era pequeña y suave, uñas cortas. Me animé a acercarme más a ella y me recorrí lo más que pude en el asiento.  En cualquier otra cita habría quitado el descansabrazos para abrazarla y ya saben el protocolo, pero esto no era en realidad una cita, además de que cerca de una decena de compañeros-ya sé que no son tantos, pero me lo parecen- notarían el cursi y comprometedor gesto. Más viniendo de mí.

Me conformé con acercarme a su oído y decirle:
      -¿Me das de tu refresco?- Ya sé... qué imbécil. 

Soltó mi mano y me pasó su vaso. Tomé un poco.
Era Coca Light.
Me purga la Coca y más de dieta. Barbies...

Le devolví el vaso y ella lo puso en su sitio, pero no volvió a cruzar los brazos para darme la señal de tomar su mano nuevamente.

Pensé en darle la mano por debajo del descansabrazos, pero no sabía si me verían.

     -¡Vas cabrón!- me dije nuevamente.

Justo cuando me iba a arriesgar, ella volvió a cruzar los brazos. 

Gustavo tomó la mano de Lucía nuevamente y ella confirmó que él no la encontraba indiferente después de todo. Sintió su mirada numerosas veces durante el resto de la cinta y, casi al final, se decidió a confrontarla.

Descubrió unos ojos tiernos y una sonrisa inusitada. Ella sonrió también. Lo habría besado en ese instante, si no fuera por el público entrometido que presenciaría ese arrebato de pasión impulsiva. Aunque, se veía tan sexy peinado para atrás -textual de la Barbie, claramente, me es indiferente el peinado del antisocial éste. 

Se miraron un poco más y luego volvieron sus rostros al frente. Él apretó su mano y ella le devolvió el guiño. Entonces Gustavo se volvió hacia ella y olió su cabello. Reconoció frutas, era un aroma extrañamente familiar.

Recordó que era el olor del shampoo de su hermana. En otros momentos esto lo habría perturbado un poco, pero ese aroma ahora le pertenecía a su nueva conquista, no a su hermana. 

Lo inhaló un poco más, quería conservar ese momento para siempre, quizás esta chica sería especial, tal vez ella finalmente le quitaría lo lobo estepario, cínico y antisocial.

O quizás no.

Aún así, prolongó ese instante de emoción y tensión lo más que pudo.

Término la función y ambos se soltaron. Salieron con el resto del grupo y, aunque él se vio duramente tentado de quedarse en la plaza, pues escuchó que ella permanecería hasta tarde para ver a sus amigas, tenía que regresar el auto antes de las 6:00 de la tarde. Sí, a su madre. Consideró llegar más tarde... ¿Qué podía pasar?

Se despidió.
Madre 1 - Lucía 0.

Al llegar a casa, se dio un baño y fingió para sí mismo que se equivocaba de botella de shampoo y, al tiempo que olía las frutitas con vitamina V1 y queratina provenientes de aquel recipiente morado, recordó la mirada de Lucía al salir del cine y cómo sus ojos sonrieron admitiendo que ella también compartía algo más con él que su pasión por el celuloide.

Y siguió pensando en ella... su nueva musa y futuro tormento, el pobre hombre, infatuado hasta el apéndice, no tiene idea de lo que le espera.

Pero yo sí. 


viernes, 30 de agosto de 2013

Jugo en los labios (AEN)

4 de marzo, 2009

Si pueda besarte ahora, te besaría una y otra vez, hasta que no sepa en dónde empiezo o en dónde acabas...

No he podido sacarte de mi mente, te veo en la escuela y sé que me sonrojo. Claramente me han empezado a importar cosas que antes eran insignificantes. Cosas como si combinan mis aretes con mi blusa o si se notan las ojeras debajo de mis lentes. Compré un gloss, de esos de Lancôme que me parecían estúpidamente caros. Lo hice porque me pareció totalmente congruente el argumento de la vendedora. ¿Cuál era? Que nadie resistiría mis labios... 

Hoy usé mi gloss y lo notaste, porque cuando me viste te fijaste en mi boca. En ese momento hubiera colapsado yo al salón entero en un terremoto emocional que nos dejara solos a ti y a mí. No recuerdo de qué era la clase, pero recuerdo el libro que tenías junto a ti, era uno de Woody Allen. Me pareció sumamente sexy que leyeras en inglés. De pronto todo tú me pareces sexy. 

Tu sonrisa breve.
Tus manos inquietas.
Tus convers extrañamente limpios hoy.
Tus ojos que... Fck. Me has sorprendido viéndote como idiota.

Pero te reíste, no de mí, conmigo. O eso me hiciste pensar exitosamente. 

¿Significa que sientes lo mismo? 

Me he imaginado que me dices que quieres probar mi gloss...
Yo te digo que entonces sabrías para quién lo compré. 
Tú me dices ¿ah sí?
Yo te digo sí, porque es de frutitas, como tu shampoo.






viernes, 12 de julio de 2013

Rebeldes en Convers (AEN)


18 de febrero, 2009.

Salí del salón con ganas de vomitar, pese a que no había siquiera desayunado. No pensaba regresar a clase, aunque dejé mis cosas, incluida mi computadora.

Bajé las escaleras, entre corriendo y tratando de pasar desapercibida, fingiendo demencia ante algún saludo casual de cualquier compañero. Mi asco aumentaba, pero sabía que no iba a salir nada de mí, nada más allá de lágrimas.

Volví a ver mi celular, su mensaje seguía ahí, ese texto, esas grafías inertes que seguramente tomaron vida al ver cómo se destrozaba la mía.

"No sé cómo decirte esto, no es como que tenga algún compromiso formal contigo. La cuestión es que ya tengo novia".

Sí, con su perfecta ortografía, así lo escribió.

Me senté en las mesas de la explanada de la Facultad de Medicina. No quería que nadie conocido me viera, así que me fui lo más lejos posible de mi propio edificio. Al parecer escogí bien, no hubo quien cayera en cuenta de que había alguien más ahí, sin bata, sin libros abiertos, sin amigos, sin luz en los ojos.

Una pobre mujer cargando con lágrimas en las pupilas, pero aún sin derramar alguna. Un alma sin palpitar. Detrás de aquellas gafas oscuras se sentía invisible, pero su sonrisa fingida y mueca torcida no engañaban a nadie. Si alguien hubiera reparado su atención en ella se habría dado cuenta de lo miserable que se sentía. Acababa de descubrir que aquél quien le robó el corazón hace meses había finalmente decidido anunciar su reemplazo formal y de la manera más fría y sutil posible.

Pero alguien reparó la mirada en ella.
Alguien desbatado, es decir, "sin bata", alguien que alguna vez tomó su mano en una sala oscura. Él supo de inmediato que era ella, la chica de la risa contagiosa y el cabello recogido de manera peculiar. Pero esta vez ella no estaba riendo. Él intuyó que algo no estaba bien. Recogió su libro, apagó su iPod y se acercó.

-¿Lucía?

La chica se sobresaltó, no esperaba un contacto tan personal mientras se encontraba inmersa entre los fantasmas blancos, absortos en sus textos. Volvió su mirada y se encontró con unos ojos tímidos pero sonrientes.

-¿Gus?
-Sí. ¿Estás bien? ¿Qué haces aquí?
-No sé... ¿tú?
-Vengo a leer, tengo una hora muerta los miércoles y logro concentrarme por acá. No hay nadie que llegue a interrumpirme o personas que llamen mi atención.
-¿Qué lees?
-Tokio Blues.
-No sabía que leías.
-No sabes en realidad muchas cosas de mí. ¿Qué tienes? -Le preguntó mientras le limpiaba una lágrima que asomaba por debajo de sus lentes oscuros.
-Yo... nada, nada. -Mintió mientras se secaba los ojos, sin quitarse las gafas.
-¿Te fue mal en algún examen?
-No, ojalá fuera eso. Saqué 10.
-¡Bien ahí! ¿Entonces?
-Pues... es por alguien. Alguien que he perdido.
-¿Falleció alguien?
-No, no. Alguien... bueno, tú sabes... alguien...

Lucía no pudo más y comenzó a llorar. Él, sin saber realmente qué hacer, la abrazó. Fue un abrazo largo. Mientras ella se desahogaba, él pudo percibir el olor de su cabello, olía a frutas, olía como algo que él conocía...

-Usamos el mismo shampoo.
-¿Qué?
-Sí, es una botella morada, ¿no?
-Ja... sí, me gusta mucho como huele.
-Sí, a mí también. Hueles rico.

Lucía no pudo evitar sonreírle, no sabía si se había sonrojado o no, pero supuso que sus lágrimas ocultarían eso.

-Gracias.

Él la vio de una forma que ella reconoció. La miró igual que el día que estuvieron en el cine y, sin saber por qué, aquella alma recobró su ritmo cardiaco.

-Vamos, déjame invitarte algo. Conozco un lugar cerca.
-¿No tienes clase?
-Puedo faltar hoy, es revisión de examen. ¿Tú? ¿Tienes clase en la siguiente hora?
-Sí, pero no quiero ir. Es repaso para el examen y... como si pudiera poner atención de cualquier manera. Sólo que dejé mi compu en la Sala B.
-Te acompaño.
-Ok.

Y así, sin decir nada más, caminaron juntos de regreso al edificio de Comunicación y Diseño. Y, mientras se alejaban, un embatado se percató de que los rebeldes ajenos a las ciencias puras, calzados en sus Convers, compartían más que el gusto por el shampoo afrutado o los tenis sucios: ambos estuvieron a punto de tomarse de la mano.

miércoles, 19 de junio de 2013

Un inicio (AEN)


Si pudiera resumir mi historia en una palabra...  probablemente sería “amé”. Si fuera más precisa, sería “lo amé”. Y es que estos últimos años, porque este relato gira principalmente en torno a ellos, él ha prevalecido. Distante, cercano, dentro, fuera, lejos, casi perdido;  pero no del todo, no aún. 

Lo conocí en una plaza, una de esas a las que vas con las amigas a dar la vuelta, babosear frente a los aparadores, probarte ropa y fingir que llevarás toda la tienda, aunque no tengas un peso que gastar. Esta vez había una causa especial para ir e incluso un poco de dinero, íbamos a comprar unas playeras para después mandarles imprimir un motivo de esos que uno cree simboliza una amistad verdadera, eterna. Ahora sé que esas cosas son necedades, la amistad no se define por un dije de best friends, un pacto de sangre, un grupo exclusivo en Facebook y mucho menos por un trozo de tela. Aunque admito que aún la tengo en el clóset, incluso la usé en la universidad, años después. 

Estaba en el probador, midiéndome la prenda, mientras pensaba en un compañero de la universidad, habíamos ido al cine ese día, él y yo... y, bueno, otros seis colegas más -sí, “colegas”, suena muy propio, pero pueden también llamarse así.- Cuando recuerdo esos tiempos en los que era una estudiante llena de vida y de sueños sin definir, no puedo evitar sonreírme. Hoy estoy en éste cubículo, cuadrado, donde creo que mis fantasías han quedado atrapadas, casi muertas.

Pensaba en él. Me había dado la mano ese día, durante la proyección, y me sentía algo tonta por emocionarme así, a los 19 años, de que alguien me tomara la mano. Supongo que esos gestos de amor siempre nos hacen sentir un hueco en el estómago, un hueco que se hace al entrar a una burbuja narcótica de expectativa, adrenalina, en donde el ¿qué pasará? te hace olvidar la película, te hace bloquear cualquier sonido ajeno a la voz de la persona que se encuentra contigo, dentro de la burbuja, compartiendo un momento efímero y breve. Y como cualquier burbuja, revienta rápido. Los créditos de la cinta corren, todos se levantan, él suelta tu mano y todo se restablece, como si nada hubiese pasado. Uno no quiere que los demás se enteren de aquel acto atrevido, es bien sabido que las burlas de los compañeros son inevitables en los casos en que esta información romántica y privada es revelada.

Y mi mente seguía en él, en sus manos suaves y sus bromas. Me quedó la talla mediana, at last!  Me vestí y salí del probador. Ari y yo fuimos a la caja. Nos encontramos con Alicia y Ana. Las saludamos. Y ahí, en ese momento, lo conocí. Jamás pensé que ese día afectaría los siguientes años de mi vida y, lo peor, nunca imaginé que ese inofensivo hombre, hasta ese momento, definiría aspectos de mi persona, me haría llorar, me haría reír, me haría pensar, me haría escribir, me haría, hasta cierto punto, vivir permanentemente en la burbuja narcótica descrita anteriormente. Pero viviría sola, esperando en vano a que reventara o reviente. Creo que aún sigo ahí... Dentro.

Extendió su mano y se acercó para darme un beso en la mejilla. Yo lo saludé sin inmutarme. Viniendo él con Alicia, quien lo presentó, era obvio que se traían algo. Así que por ese momento él parecía propiedad de ella. Me volteé y fui con Ari a la caja. Mientras hablaba con ella sobre cómo pagaríamos, volví la mirada, quizás porque sentí la suya, y lo descubrí husmeando en un lote de rebajas; pero sí, me estaba viendo y yo lo vi de regreso, dando pauta al inicio de una complicidad que perduraría más allá de lo que ambos pudimos pensar en ese momento.